El crimen organizado dejó de ser solo narcotráfico; ahora administra combustibles, empresas y fronteras con lógica empresarial. El huachicol ya es economía global paralela.
En Estados Unidos ya no están hablando solo de drogas. Ahora el problema —dicen— huele a gasolina robada, pipas fantasmas y billetes que cruzan la frontera como si nada.
El Departamento de Estado y el Tesoro de EE.UU. soltaron dos comunicados casi en sincronía donde apuntan directo a una red ligada al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) por un negocio que crece más rápido que las gasolineras de carretera: el robo y contrabando de combustible.
Según lo que dijeron en Washington, el esquema no es nuevo ni improvisado. Es una maquinaria bien aceitada: robo de combustible en México, triangulación con empresas fachada, documentos inflados o falsos, y luego venta del producto como si fuera completamente legal. Todo eso, con un mismo objetivo: financiar al cartel.
Las autoridades estadounidenses ya no lo están viendo como “crimen común”. Lo están metiendo en la categoría de amenaza directa, incluso bajo marcos de seguridad tipo terrorismo, lo que abre la puerta a sanciones más pesadas, congelamiento de activos y bloqueo total del sistema financiero.
El punto que más encendió alertas en ambos comunicados es claro: el combustible robado ya se convirtió en una de las principales fuentes de dinero del crimen organizado en México, incluso por encima de otras economías ilegales en algunas regiones.
Y el flujo no es solo interno. El esquema cruza fronteras, usa empresas de transporte, intermediarios y cuentas bancarias para mover millones de dólares sin levantar sospechas… hasta ahora.
En el fondo, el mensaje de Washington es simple: el narco ya no solo trafica droga, también opera como corporativo energético paralelo.